Fronterita desgraciada

Aguafuerte a lo Arlt.

Para cuando no se entiende dónde vivo,

he aquí algunos registros de sensaciones.

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Fiaca de domingo: se escucha la tribuna de Tiro Federal, una tana loca que putea gritando: “rompicoglioni!” y un tren perdidísimo por las vías del Ferrocarril Mitre. Ahí se montan unas cuadritas curiosas en el norte de Rosario. Allá por Ludueña, donde se roza extrañamente con barrio Industrial, el barrio “Café con Leche”, como prefieren decirle los vecinos nostalgiosos que todavía sienten la falta de “La Virginia” y “Cotar” y sus ajetreados atardeceres fabriles.

Desde las vías del Mitre, por San Jerónimo, hasta la calle Nueva York hay seis pasajes paralelos -con asfalto pero sin cordón- que separan a Ludueña de Industrial: San Jerónimo, Colibrí, Calandria, Formosa, Madrid, República Dominicana (aunque para el barrio siga siendo calle Los Andes), y Nueva York. Las seis tienen el infortunio de los NN, el drama de vivir con una identidad en disputa por ambos barrios.

Primero fueron de Ludueña: por Nueva York pasaba una vía que hacía de límite natural… o naturalmente artificial. Pero la vía hace muchos abriles que tiene existencia sólo en la memoria y aunque a ese tramo lo nombrasen Ludueña, sería engrupirlo. Algo pasa, no se le parece. Y aunque lo nombren Industrial, no se le parecería tampoco.

La duda barrial duerme entre vías, parece ser, porque hay otro tramo de la discordia. Es el que cruza el recorrido de paralelas desde San Jerónimo hasta Nueva York: doce callecitas que van desde la vía de Rossini hasta la de Rafaela formando un rectángulo huérfano.

Y en la familia de las formas geométricas ¡mejor no hablar del drama de la vía de Rossini! Ahí está el primo triángulo, una zona desamparada hasta de comisarías, porque ahí, justo ahí, terminan barrio Empalme, Ludueña e Industrial, por lo que no hay acuerdo entre las seccionales, y cada vez que ocurre algo hay que llamar a las tres, esperando que algún cana atienda y no patee el problema por “pertenecer a la otra seccional”.

Pero por donde se lo mire, el rectangulito es una zona de viva emulsión, con un poco de aquí, y un poco de allá.

Su columna vertebral es calle Junín. No sólo lo corta en dos, sino que sintetiza su esencia. Tiene sus cosas, su carnicería celeste, su zapatería de 9 a 21, sus carpinterías. Su panadería con hornos a leña, su verdulería bien baldeada. Tiene a Norberto, el que una vez por semana perfuma con margarina el aire, porque tiene que entregar las galletitas al distribuidor. Tiene a doña Rosa, la de los gatos grises. Tiene a don Otto, el de las esculturas de barro que mueren con cada lluvia, y que reconvierte en una nueva a la espera del próximo temporal.

Pero también está la vía con sus casitas cachuzas. La estación de servicio que cerró y que devino en un sucio y abandonado estacionamiento de camiones, junto a las manchas que deja la miseria. El malevaje que quedó del bar “El chiquitón”. La yeta de que el grito que escucha atrás sea el de alguien al que recién le robaron. Tiene algún pibe con las pilchas rotas, que hace malos tratos con la parca, que camina y abre una bolsa sin golosinas de frutilla. Tiene a la señora que camina a su lado y que huele el tolueno pero no dice nada, porque quizás se indignó tantas veces ya, que perdió la capacidad de horrorizarse.

Y por Junín, además, ya no hay árboles. Un proyecto municipal de ensanchamiento de la calle la dejó sin baches pero sin vida. Calurosa en verano, desoladora en invierno. Sin las hojitas de otoño y su impetuosa melancolía. Sin la lozanía de sus sombras. Ahora es una vereda gris perla, inmutable, reseca. Pero nada opaca su jocosa y descolocada forma de mirar a lo lejos las torres fifí del intento de Puerto Madero rosarino. Nada opaca su humilde gracia y sus ganas; su olor a madera y tilo cuando se cruza con el pasaje Colibrí.

Dicen que los años dan razones. Puede ser. El “rectángulo” tuvo nombre, fue alguna vez territorio de la quinta de Don Nicola. Tierras naranjas de sol con alfombra de duraznos. Tierras con dueño, que lo acompañaron hasta el adiós. ¿Las habrá dotado de su mixta personalidad? ¿O será que la fronterita desgraciada jamás quiso pertenecer a otro?

Así yace y manguea un nombre la fronterita piel de vía. Donde termina o empieza Industrial o Ludueña. Donde el sol castiga pero alumbra el cuore. Donde el viento son sus suspiros cuando llora a Don Nicola.

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